miércoles, 17 de diciembre de 2008

Un café con el Tío Jess (I)

Ya sabéis, el Tío Jess, o sea, Jesús Franco, o sea, el Goya de Honor de este año. Una decisión que honra a la Academia, sobre todo por lo poco académico que es y ha sido toda la vida don Jesús. La pasada semana, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (me encanta decir este nombre entero) anunciaba en rueda de prensa que él era el nuevo Goya honorífico, para lo cual se lo trajeron en un viaje relámpago desde Málaga a Madrid. Esa mañana tuvo entrevistas con todos los medios de comunicación. Y por una de esas maravillosas razones que te hacen amar esta profesión (esta profesión es la del periodismo especializado en cine, lo digo porque igual a estas alturas todavía hay alguien que piensa que soy churrera), y por ciertas influencias que ahora mismo os cuento, Jess Franco nos dedicó la comida, el café y la tarde exclusivamente a nosotros, o sea, al programa de tele por el que me pagan (Cinexprés, CANAL+, momento publicidad).
Tengo el placer de trabajar muy cerca (física y químicamente) de Pedro Temboury, un cineasta también malagueño, un cachondo mental, un amigo y heredero artístico del Tío  Jess, y director de las películas Ellos robaron la picha de Hitler y Kárate a muerte en Torremolinos. Por eso, cuando le propuse que en lugar de un redactor de nuestro programa fuera él quien charlara con Jesús ante nuestras cámaras, ambos aceptaron gustosamente. Pero Jesús Franco nos puso una única condición para retrasar su tren de vuelta a Málaga: que le invitáramos a comer.
Por ciertas y cutres razones que no vienen al caso, no pude asistir al grueso de esa comida, que compartieron Pedro, Jesús y Lina Romay, su actriz, su mujer, su apoyo, su musa. Pero sí llegué a tiempo de tomarme un café con el Tío Jess, casi una hora antes de que empezáramos a grabar el programa. Y fue una hora deliciosa. Porque Jesús Franco, de cuyo cine no me declaro fan (aunque sí de lo que significa), tiene una vitalidad, una gracia, una retranca y una lucidez a sus setentaypico años - aunque aparenta unos pocos más - que para mí hubiera querido a los veinte, y no os cuento ya ahora. Y no para de contarte anécdotas. Como por ejemplo:
  • Por qué cree que le han dado el Goya.
  • Por qué Orson Welles le eligió como ayudante para Campanadas a medianoche.
  • Por qué Orson Welles, que hablaba español perfectamente, se dirigía a él en francés.
  • Cómo Campanadas a medianoche ganó un premio en Cannes sin que Orson Welles supiera  que se presentaba.
  • Su relación con Miguel Mihura, Tono o Edgar Neville. Las coñas que se traían estos caballeros.
  • Etcétera.
Como esto se me empieza a ir de espacio, tiempo y otras coordenadas, me vais a permitir que os cuente mañana todas estas cosas que me contó el Tío Jess. Eso sí: allá va una foto de Jesús Franco, Pedro Temboury y un servidor (yo sólo salgo bien en las fotos cuando me tapan un poco). Lo de que Temboury y yo vayamos de uniforme fue fruto de la casualidad. Lo de posar echando un pulso “a tres” fue idea de Jesús.
Jesús Franco con Pedro Temboury y yo. Qué monos.

P.D.: Sergio Catá, un viejo amigo (que no un amigo viejo), ha vuelto a ganar en un certamen con su corto Esto no es un western: Primer Premio del Festival de Almería. Sergio ha escrito un comentario en este blog en un post de hace unos días. Como ese comentario es un diagnóstico perfecto de la situación de los cortometrajistas (pero de los buenos, no de todos) y como a lo mejor no os lo leéis porque hay que retroceder varias semanas, aquí os lo dejo.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Los vampiros salen del armario (True Blood)

Hace unos diez días, CANAL+ estrenaba TRUE BLOOD (SANGRE FRESCA), una de esas series que lamentablemente sólo llegan a las televisiones cada cierto tiempo. Porque es verdad que desde hace unos 8 años el mundo de las series ha experimentado un subidón de calidad espectacular, y desde entonces se dice eso de que “el talento ya no está en el cine, sino en la tele” (bueno, yo no estoy de acuerdo con esto, creo que el talento sigue estando en el cine y que ahora, además, también está en la tele). Pero ojo, que desde que tuvo lugar ese “subidón de calidad”, nos venden cada nueva serie americana como la última genialidad de no sé quién o la nueva maravilla de no sé cuántos, y tampoco es eso. Pero True Blood sí que es de las buenas-buenas.
Anna Paquin muy guapa con otro chico que también es muy guapo pero que es un vampiro
Este subidón de calidad de las series americanas comenzó en 1999 y 2000 (más o menos) con dos producciones de la HBO: Los Soprano y A dos metros bajo tierra. Las dos eran (y lo serán siempre) muy grandes. Pues bien: True Blood es del creador de la segunda, Alan Ball, un señor que además tiene en su currículum el puntazo de haber escrito el guión de American Beauty (¿veis como en el cine también surge talento?). El punto de partida de True Blood es sencillo pero genial: en Japón inventan una bebida consistente en sangre sintética (llamada True Blood), y eso permite que los vampiros se puedan alimentar sin necesidad de matar a la gente o a las vacas. Entonces, comienzan a aparecer vampiros que vivían en la clandestinidad, y es más, pretenden integrarse en la sociedad y tener los mismos derechos que el resto de los humanos.
La protagonista es Anna Paquin, que hace de una joven estadounidense que se enamora de uno de esos vampiros, lo cual no es demasiado bien visto por su círculo personal y laboral. Anna Paquin es la niña de esa joyita de 1993 llamada El Piano, por la que ganó un Oscar que agradeció con un discurso en el que se quedó sin palabras, protagonizando uno de los momentos más auténticos y bonitos de las ceremonias de los Oscar (años después Isabel Coixet fingió quedarse también sin palabras en un discurso, protagonizando uno de los momentos más falsos y patéticos de los Goya. No lo he encontrado en Youtube, seguramente nadie lo ha colgado porque le dio vergüenza ajena. Pero esto no tiene nada que ver con True blood… o sí).
Anna Paquin ya no es la niña de El piano, sino una chica con poderes telepáticos (escucha lo que piensan los demás) y que además está bastante buena. Tanto, que un vampiro se enamora de ella y viceversa. Pero la verdadera gracia de True Blood no está en esta historia de amor, sino en los que la contemplan desde fuera. Porque el resto de los “humanos” no quieren que los vampiros se integren en la sociedad así como así. Porque es que estos vampiros que hasta ahora estaban metidos en su armario particular (o en su sarcófago, no sé), además de ser vampiros, resulta que son mejores amantes que los humanos, que tienen más fuerza, que disfrutan con alegría de la vida (eterna) y que tienen unos poderes que nosotros ni imaginamos.
Es como cuando, por ejemplo, se les permitió a los negros participar en las Olimpiadas, y de pronto descubrimos que corrían más que los blancos y que ganaban más medallas. O que ellos (los negros masculinos, digo), horror, la tienen más grande. Y que ellas (las negras femeninas) tienen un cuerpazo felino, unas voces y un ritmo musical de no te menees (con perdón de la expresión). O cuando de repente los gays colonizaron un barrio y éste resurgió con cierto estilo y buen gusto. Y de repente parece que se lo pasan mejor que los demás, y que tienen dinero, y cierta sensibilidad artística, y son mucho más promiscuos, dicen. Y entonces nos dan envidia, y siempre hay quien intenta que sus derechos no sean iguales que los de ”los demás”, por si acaso.
Porque de esto va True Blood. Esos vampiros en realidad no son vampiros: son negros, son gays, son cualquier grupo social víctima de la discriminación. Y cuando quieren mezclarse con nosotros, nos dan miedo. Intentad ver True Blood. La forma más legal sería verla en CANAL+, pero bueno, ya sabéis como funciona esto.

P.D: Hoy no he hablado de cine porque mi blog vecino Mil maneras de matar al D.J. lo ha hecho magistralmente mezclando cine y música, así que si queréis cine, lo mejor es que me pongáis los cuernos un ratito con él. No me importa, vosotros y yo formamos una pareja abierta. Gracias, Fermín.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Aparecidos (los fantasmas de Argentina)

Esta noche voy al preestreno en Madrid de una película española de la que me gustaría hablar aquí, y como me gustaría hablar de ella y éste es mi blog, pues hablo y ya está. Es lo que tiene esto de tener un blog, hay que ver qué suerte poseo.
La película que voy a ver hoy se estrena en los cines mañana, se llama Aparecidos y es el debut en el largo del director Paco Cabezas (Paco tiene un corto muy bueno que se llama Carne de neón, y que en breve va a rodar en su versión larga). Yo ya he visto Aparecidos, pero esta noche voy a repetir por tres motivos:
  1. Porque me apetece.
  2. Porque me ha invitado Paco.
  3. Porque Paco y Patri (su señora) son amigos míos.
Dicho esto último, os dejo diez segundos para que penséis: “o sea, que nos la está recomendando porque la ha hecho un amiguete suyo”.

Ya están los diez segundos.

Bueno: pues no, no es por eso. Tengo más amiguetes (más de uno y más de dos) que han hecho películas que no recomendaría aquí ni loco, si bien tampoco las pondría a caldo, yo creo que las obviaría y ya está, porque uno no es crítico de cine, no tiene obligaciones morales y tampoco es cuestión de ir por ahí desperdiciando amigos. Os recomiendo Aparecidos porque es buena y punto. Os juro que yo no vería dos veces una película que no me haya gustado ni por amistad. Seguramente sí lo haría por sexo, pero no me refiero a la tuya, Paco, no nos hagamos líos.

Ruth Díaz, en una escena de "Aparecidos"
Aparecidos es de terror, y el terror no es precisamente mi género favorito. Pero el terror de Aparecidos me gusta por las cosas que tiene y por las que no tiene.

No tiene:
  • Sustitos colocados estratégicamente (aunque te asustas).
  • Sangre gratuita y matanzas injustificadas (aunque hay sangre y muertes).
  • Adolescentes chillonas y asesinos en serie con traumas infantiles (aunque hay jóvenes, verdaderos hijos de puta y algunos antiguos traumas… que no os cuento).
Sí tiene:
  • Muertos que se aparecen, llamémosles fantasmas (con esto no desvelo gran cosa). Puede recordar a El sexto sentido, pero no se le parece.
  • Unos actores convincentes. Unos efectos especiales discretos pero muy buenos. Un guión sólido.
  • Y sobre todo, tiene la osadía de mezclar una historia de fantasmas (historia con minúscula) con un delicado momento de la Historia de Argentina (Historia con mayúscula). Y ambas cosas encajan a la perfección.
Otro punto a favor de Paco Cabezas: hace un mes, en el Festival de Cine de Tánger, se proyectó Aparecidos, y a Paco se le ocurrió meter en la sala a un puñado de actores españoles (Fernando Tejero, Kira Miró, Manuela Velaso, Macarena Gómez)…, y grabar sus reacciones con unas cámaras de éstas que ven en la oscuridad, como las gafas del asesino de El silencio de los corderos. Éste fue el resultado (aunque os avanzo que se cagaron de miedo). 
Aparecidos se estrena el viernes 12 de diciembre, y no la vais a encontrar en demasiadas salas. Pero yo os la recomiendo, y lo cierto es que me encantaría que funcionara bien, pero os juro que las opiniones que os he contado son absolutamente objetivas. Si no pensara así, me habría callado y habría escrito un post sobre alguna otra cosa totalmente inútil, como por ejemplo las pésimas traducciones al castellano de los títulos de las películas extranjeras.

Qué gran idea, por cierto.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Cosas que se quedaron en el tintero (complementos para un puente)

Durante estos días de puente (o mal llamado puente) me he estado acordando de muchas cosas que en algunos posts, o en algunos comentarios, hemos acabado zanjando con la frase “…pero ya hablaremos de esto en otro momento”. Como se me van acumulando demasiadas, este día festivo me ha parecido una buena fecha para rescatar y explicar algunas de ellas. Muchos de vosotros no sabréis de qué hablo, pero no os preocupéis lo más mínimo, nadie pretende que os acordéis ni que seais incondicionales de este blog. Pero por ejemplo…
  • En el Festival de Cine de Marrakech conocimos a una mujer marroquí de nombre Abdellaoui Bouchra (ver post, horas 43 y 44). A pesar de la cultura en la que vive, la religión que la atenaza (aunque ella no lo crea así) y el machismo que la rodea, alojaba en su interior una chispa de rebeldía. Pero de rebeldía valiente. Aunque nos hablaba (a Cristina Teva y a mí) de algunos temas con cierto miedo, como si temiera que la estuvieran escuchando, nos explicó cómo piensa que es tratada la mujer en su país, y qué poca importancia se la da a la mujer en el Festival en el que estábamos todos trabajando. Tiene una hija, Imane Jenbari, que ha montado una asociación en la que, desde fuera, intenta concienciar a las mujeres marroquíes de lo que puede ser su papel en la sociedad (este es su blog). Imane es fan del cine indio de Bollywood, y hace dos años consiguió traer al Festival de Marrakech a algunas estrellas de la India. Pero tampoco la hicieron demasiado caso. Ambas siguen luchando por la igualdad de la mujer en un país donde ésta parece imposible. Abdellaoui me pidió que hablara de ellas dos, y me dio una dirección de correo electrónico que, lamentablemente, me da error. Ella sí tiene la mía.
  • Mi amigo Sergio Catá ganó finalmente el Premio del Público en el Festival de Alcalá de Henares con Esto no es un western (ver penúltimo párrafo de este post). Me dio mucha alegría, por él, por Ignacio Giménez-Rico (fotografía) y por Jorge Artajo (dibujos), pero también por mí, porque es la primera vez que voto como público en un Festival de cine y ¡toma ya! acerté. Si es que tengo un buen ojo… Lamentablemente, Tres en playa, un corto que puse a caer de un burrillo, ganó el premio al mejor guión. Y One goal!, a la que tampoco loé demasiado, el Premio Especial del Jurado. Eso quiere decir que tengo buen ojo y mal ojo a la vez. Algo muy habitual en mí, como bien sabe mi oculista. 

Joaquim de Almeida en el Festival de Marrakech. Desde entonces, os debía esta foto.
  • Esta semana, en silencio y discretamente, se nos fue el actor argentino Ulises Dumont. Ulises Dumont era uno de esos grandes intérpretes a los que les ponemos mejor la cara que el nombre. Era habitual verle destacar sobre el resto de secundarios en las películas de Adolfo Aristarain o Juan José Campanella, con algunos momentos inolvidables como su detonación  en Tiempo de revancha (del primero) o su jubilación obligada en El mismo amor, la misma lluvia (del segundo). Fue Concha de Oro en 1983 en el Festival de San Sebastián por Los enemigos. Descanse en paz y en nuestras videotecas.
  • Hablando de todo un poco: el Festival de San Sebastián debería replantearse el nombre de sus premios cuando lo recibe un actor o director argentino. Hace poco, Tristan Bauer ganó un premio en Donosti. Para estos casos, la organización debería tener en la reserva un Urgull de Plata, un Urumea de Honor o un Pintxo de Oro, me da igual. Pero si no, es como si tú vas a Argentina y te premian con el Potorro de Bronce. No es serio. 
Barry Levinson en el Festival de Marrakech. También os la debía.
  • Uno de estos días de puente, recién levantado, pongo la televisión y me encuentro con una película tremenda con la que tardo bastante en reconocer a algunos de mis referentes televisivos de los 80, todos ellos con unos 30 años más (si ellos me vieran a mí también se sorprenderían). Miro el teletexto: la película se llama Trampa a Santa Claus y la protagonizan Shelley Long, la camarera Diana Chambers de Cheers; Corbin Bersen, el abogado matrimonialista y ligón de La ley de Los Angeles: Stacy Keach, o sea Mike Hammer; y Robert Hays bastante más gordo pero no demasiado envejecido. Robert Hays es el señor que un poco más arriba, en la cabecera de este blog, suda como un pollo en una imagen de Aterriza como puedas. Qué grandes los cuatro.
  • Se quejan mis amigos Eva, Nacho y María de que no les cito en este blog. Claro, porque cuando les veo me sacan de copas como el otro día, y luego no me acuerdo de nada y no sé con qué frases citarles. Eso sí, me dijeron que escribo algunos posts muy largos. Y como yo les hago caso en todo lo que me dicen, pues lo tendré en cuenta.

Y mañana, a currar de nuevo.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Como un ceporro

Hace unos días leí en el periódico que, una vez detenidos sus famosos agresores, José Luis Moreno declaró: “Ahora duermo como un ceporro”. Así, a bote pronto, me inquieta que José Luis Moreno duerma bien. Lo del ceporro lo entiendo mejor, porque hace poco vi unas fotos suyas en bañador y, dormido o no, lo de su ceporrismo me pareció algo inevitable. Pero de ahí a que duerma bien… no sé. Yo no podría.
Y lo digo porque el otro día, mientras esperaba para ver la repulsiva entrevista de Telecinco a Julián Muñoz (no me lo tengáis en cuenta, lo hice por vosotros), vi una de las series de mayor audiencia de la televisión. Confieso (con cierto orgullo) que nunca había visto una tanda completa. Pero el otro día sí. Lo lamento, pero hoy os voy a hablar de…
¡¡¡Las matrimoniadas!!!
(Este título habría que leerlo con el tono de Ernesto Sevilla cuando gira la cabeza de una cámara a otra en sus números de “Marcial” o “El Gañán”)
Mar Saura en "Escenas de matrimonio". He elegido una foto de ella porque es la que está más buena y para compensar las de José Luis Moreno en bañador
Hace algunos años, los sábados en los que Teresa y yo nos quedábamos a cenar en casa, nos solía coincidir la hora de fregar los cacharros con un programa que tenía José Luis Moreno y que se llamaba Noche de fiesta. Como ya habrán comprobado, soy un poco propenso a hacer el lelo, así que, si ella estaba en la cocina y yo en el salón, la llamaba alarmadísimo como si en la tele estuvieran retransmitiendo el fin del mundo en directo. Cuando llegaba corriendo, lo que había en la tele eran unos sketches deplorables ante los que yo le decía: “¡Mira, Tere, las Matrimoniadas!”. Festival del humor. Pero es que ya en esa epoca las Matrimoniadas nos parecían tremendas. Quién iba a imaginar que con los años se iban a convertir en una de las series españolas de mayor éxito. Ah, la serie se llama Escenas de matrimonio, pero nadie la llama así: se ha quedado con “Las matrimoniadas”.
La verdad es que hace tiempo que me autoimpuse la obligación de ver una tanda completa de la serie, y nunca me encontraba con fuerzas. Pero el otro día estaba superanimado porque había merendado un Donuts Fondant, así que la vi. Y podría decir muchas cosas de ella, o pocas, o casi mejor ninguna; podría criticar sus guiones, sus chistes, sus situaciones; podría tildarla de machista, de homófoba, de fomentar el odio entre parejas… Pero no hace falta. La serie se define por sí sola mucho mejor de lo que la podría definir yo. Veréis: simplemente me voy a dedicar a transcribir unos cuantos chistes (o presuntos chistes) de la serie. Sé que son chistes porque cuando acaban suenan unas risas. Si no, no lo sabría ni de coña. Así que os recomiendo que mientras leéis las siguientes frases ecuchéis de fondo este sonido porque si no, no va a haber manera. Y juzgad vosotros mismos:
  1. Romerales a Mari Carmen Ramírez: “El punto G lo tengo yo, G de gilipollas por haberme casado con una loca como tú”.
  2. Santiago Urrialde a su mujer: “No, el divorcio no te lo puedo dar porque no lo tengo yo, pregunta en el Juzgado a ver si lo tienen ahí”.
  3. El gordito que no se afeita, hablando de villancicos, a la de Las Virtudes que no se quedó delgada: “¿Hacia Belén va una burra? Pues para ir de España a Belén la burra llevaría un GPS”.
  4. Diálogo entre los vejetes que se fueron de la serie pero que siguen saliendo (Avelino y la otra): ”- ¿Tú me has cogido la cuchilla de afeitar? - No sé, pregúntale a mis axilas. - ¿Pero tú que tienes en los sobacos? ¿Champiñones?”
  5. Diálogo entre Manuel Galiana (¿qué hace un actor como tú en una serie como ésta?) y señora: “¿Has pedido una pizza? - Sí. - ¡Pero mira que tienes morro! - No tengo morro, lo que tengo es una pizza”.
  6. Diálogo entre Santiago Urrialde y su mujer: “- ¿Por qué me das un beso? - Porque eres mi marido. - Esa no es una razón. Las mujeres no quieren ver a sus maridos ni en pintura”.
  7. Diálogo entre Mari Carmen Ramírez y Romerales: “- Tenemos que hacer el amor, me lo ha dicho el ginecólogo - Yo paso, que te querrás poner encima y luego empiezas a sudar”.
Estos 7 chistes salieron a emisión en menos de 25 minutos. Os juro que no he omitido ni uno sólo que me hiciera gracia. Pero ojo, que hay público para todo, y concretamente para esto son casi de cerca 4 millones de personas diarias. Así que quién sabe, a lo mejor el equivocado soy yo, pero… si vosotos fuerais José Luis Moreno, ¿domiríais como un ceporro?

¿Y tranquilos?