El pasado
viernes se estrenó en toda España El
retrato de Dorian Gray. Vosotros sois listos y no hace falta que os
explique de qué va la película, pero me consta que un día me leyó un cretino de
Memphis, Tennessee, y por si acaso anda hoy por ahí aclararé que El retrato de Dorian Gray es
la adaptación cinematográfica de una novela de Oscar Wilde, más concretamente de ésa que se
llama El retrato de Dorian Gray.
Es que a lo mejor alguien cree que El
retrato de Dorian Gray es una adaptación de El abanico de Lady Windermere,
pero pensadlo bien, es una tontería.
No he visto todavía El retrato de Dorian Gray, la
película, pero sí he leído El
retrato de Dorian Gray, el libro. Yo es que soy muy leído o lector.
Y siempre me obsesionó esa especie de pacto con el diablo por el que el retrato
envejece y se va volviendo horrible a costa de las atrocidades de Dorian, mientras que él se
mantiene joven y fresco como una manzana golden o reineta. Y me obsesiona
porque a mí me pasa un poco lo mismo: cuando cada mañana me miro al espejo me
veo más arrugado y horroroso, pero en realidad sé que estoy cada vez más lindo,
más terso y más así. Todo se debe a un pacto que hice en 1986 con José Luis Moreno.
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Dorian Gray. Fijaos en su aspecto. Pues tal cual estoy yo ahora. |
Pero como este pacto caduca en
2011, porque era por 25 años, soy consciente de que un día mi rostro será como
el de la imagen que me devuelve el espejo, y perderé la frescura de efebo
adolescente que ahora mismo ostento, un poco al estilo del Tadzio de Muerte en Venecia de Visconti. Y cuando ese
día llegue, me pienso operar, retocando mi naricilla, reforzando mis pómulos y
marcándome un asombroso par de peras. Y aquí es donde por fin ya entramos en
materia. Como cinéfilo que soy, me voy a Google Earth y tecleo “operados + cine”. No me sale
nada. Salgo de Google Earth y entro en Google normal, te juro que a veces
parezco imbécil. Otra vez: “operados
+ cine”. Oye, y te juro que me ha salido una lista y una cantidad
de páginas que no me queda más remedio que compartir esto con vosotros, mis
cómplices, mis confidentes, que si no fuera porque me muero de vergüenza hasta
os confesaría que voy a trabajar con ropa interior de bebé.
Bueno, debo empezar diciendo
que yo soy malísimo para diferenciar a alguien operado de alguien que no lo
está. Yo pensaba que Pamela
Anderson simplemente se había desarrollado más que Bimba Bosé, y punto. Y
también debo decir que me importa bastante poco que la gente se opere, también
soy de ésos a los que las chicas les dicen “¿pero
cómo te gusta esa tía? ¡si está operadísima!” Y yo añado: “pues opérate tú igual, sihaputa, fea,
que eres más fea que un papión de culo rosa”. Bueno, esto no lo
digo, pero a veces lo pienso.
Así que las personas de las
que os voy a hablar son las que me han aparecido en estas páginas güeb. No sé
si están operadas o no. Por ejemplo, me aparece Penélope Cruz. Pero en cambio yo he leído
unas declaraciones suyas en las que dice que no se opone a la cirugía mínima,
pero que no está dispuesta a usarla. Y también dice que cuando tenga 80 años
quiere ver en el espejo a una mujer de 80 años. Yo no, yo quiero ver siempre en
el espejo a alguien como Penélope
Cruz ahora, y no a esa imagen que veo gracias a José Luis Moreno. Tampoco
querría nunca mirarme al espejo y ver a José
Luis Moreno.
También me salen mucho los
nombres de Kira Miró
y Elsa Pataky.
Es cierto, tú ves imágenes de Kira
de hace muuucho tiempo, cuando presentaba un programa llamado Desesperado Club Social con
mi adorada Marta Suárez
(y con Christian Gálvez
y Raúl Peña,
ojo al cuarteto), y la ves en las escenas más tórridas de Crimen ferpecto, y algo
parece haber pasado por ahí. Y si ves fotos de Elsa Pataky en Al salir de clase y otras de ahora, pues no está
igual, está más afilada, más exhuberante, más guapa. Eso es así. Pero yo he
tenido el gustazo de entrevistar a Elsa
cuatro veces, largo y tendido (es una forma de hablar, no es que me tumbara
para entrevistarla, aunque me habría encantado), y si está operada, pues que
viva la cirugía.
Pero si comparas las caras, y
nos quedamos con esa palabra que he dicho antes, “afilada”, tenemos que hablar
de Nicole Kidman.
El otro día revisé Todo por un
sueño en vídeo (en VHS, yo es que no tengo en casa un U-matic de
milagro), una película de Nicole
de 1995 en la que estaba guapísima. Ahora en cambio se parece un poco al
símbolo de Antena 3. Ha
perdido la expresividad, la frescura, parece que si le das un beso con lengua
en el ojo (yo adoro este arte amatoria) algo va a saltar en su cabeza, se va a
descuajeringar todo y va a quedar arrugadica como E.T. Y sólo tiene 43 años.
Este tipo de operaciones las entiendo menos. Pero ella sabrá.
Aunque a lo mejor estas
actrices defienden que no se han retocado y que “la gente cambia”, como decía
el pobre Michael Jackson
en ese documental llamado Living
with Michael Jackson en el que un periodista hindú le engañaba y
acorralaba, y conseguía que sintieras compasión por Jacko en lugar de creer
que era un pederasta, que es lo que se pretendía (si no lo habéis visto, os lo
recomiendo). Resultaba patético oír a Michael
decir que nunca se había operado, que simplemente había cambiado.
Ya que hemos pasado a hablar
de hombres blancos (chiste cruel y fácil), detengámonos en Mickey Rourke. ¿Qué le
ha pasado a Mickey Rourke?
¿Por qué se ha puesto en manos del cirujano de Carmen de Mairena? ¿Qué ha hecho “el
luchador” con el cuerpo de aquel chico que salía en 9 semanas y ½? Pues os lo digo
yo: o se lo ha comido o posiblemente ha ido al mismo cirujano que Sylvester Stallone. Mira,
esa cirugía la pude apreciar en persona en una entrevista que le hice a Sly. Cuando le vi frente
a frente no me impresionó tanto, porque venía de ver Rocky VI y ahí sí que me quedé acojonado. Pero
ahora, cuando veo esta foto, no sé si Sly
me está sonriendo, está defecando, me guiña un ojo o simplemente es que está
así de tieso. Oh, Dios mío, no siento la boca.
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Sylvester haciéndome un gesto indescriptible. Habría que ver el mío, claro. |
También asistí en persona a la
inmovilidad facial de Nicolas
Cage. El pobre, con lo bien que le queda la peluquilla o lo que
sea, y qué raros le han dejado los retoques. Entrevistándole por una película
magnífica llamada Ghostrider
(como dice mi sobrino Gonzalo, lo de “película magnífica” es una ironía), le
hice un juego de palabras sobre Peter
Fonda, Ghostrider e
Easy rider. Nicolas Cage sonrió,
creo. También creo recordar que al intentarlo se le saltó un ojo. Claro, que
esto os lo cuenta alguien a quien el ojo se le salta sin necesidad de que los
cirujanos intervengan.
Otros retoques masculinos que
me dejan perplejo son los de Silvio
Berlusconi, sobre todo por lo absurdo que me parece que pase
por el quirófano un septuagenario estadista (estadista porque iba a los
estadios, que si no es por este detalle yo no considero en absoluto un
estadista a este señor). O los de Rupert
Everett, que no se ha quedado más joven ni más guapo, sino
mucho más raro. En estas páginas webs que salen al teclear en Google “actores + famosos + quirófanos + alargue
su pene gratis” (yo es que esto último lo tecleo instintivamente),
me han aparecido también los nombres de Brad
Pitt y Ray
Liotta. Os dejo opinar a vosotros.
Y volvamos a los nombres de
mujer y a nuestro país. Porque, ya crecido, me da por teclear “cirugía + España + labios”.
Google me pregunta “tal vez
quiso usted decir boca” (cómo me conoce Google). Y yo le digo:
“eso”. Entonces me saltan los nombres de Silvia
Munt, Ana
Torroja, Bárbara
Rey y Karmele
Marchante. Caramba, nunca pensé que una búsqueda mía me
remitiera a Karmele.
La verdad es que si lo pienso hay algo parecido en las tres, con clara ventaja
según mi opinión para Silvia
Munt. Si sigues indagando en Karmele
sale la leyenda urbana de que es la madre de Eva Amaral, me encanta ese rumor absurdo.
Tecleo Bárbara Rey
y me hablan más de su apellido que de su boca. Y también de Ángel Cristo, que en paz
descanse. Lástima que hablemos de nombres artísticos, porque si no sus hijos se
apellidarían “Cristo Rey”.
Sobre Ana Torroja
no indago por si se me cruza la web de José
María Cano.
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Kate Winslet con el niño ése que no sabía que ella era nazi. Seguro que le está leyendo "El retrato de Dorian Gray". |
Hace tiempo leí en El País una información
firmada por Bárbara Celis
en la que se hablaba de otras actrices “antibotox”. Mencionaba a Rachel Weisz, que decía
que el botox debería estar prohibido en los actores igual que los esteroides lo
están para los deportistas. También hablaba de Kate Winslet, Emma Thompson, Cate Blanchett
y Sarah Jessica Parker
(que odia el botox porque no está diseñado por Manolo Blahnik). Y de Tilda Swinton, Hellen Mirren, Marion
Cotilliard…
Es curioso: muchas de ellas han
ganado el Oscar, igual que Penélope,
que también se muestra contraria). Se conoce que al no inyectarse botox pueden
manejar todavía sus expresiones. Nicole
también tiene un Oscar, pero no olvidemos que fue porque le inyectaron una
narizota. Y debo reconocer que, aunque como he dicho antes, me parece estupendo
que una persona se opere si se va a sentir mejor, también siento una admiración
incondicional por el atractivo de la natural madurez de estas actrices.
Se me ha ido la olla y
mientras escribía esto me he inyectado un yogur griego (que es más denso) en
las orejas, y ahora parezco Ibarretxe.
Me voy a mirame al espejo de Dorian
Gray, a ver qué me cuenta.