lunes, 7 de diciembre de 2009

Jonathan Rhys Meyers, Los Tudor y el método como paranoia

Hoy pasan dos cosas muy importantes. Una de ellas es que se estrena en televisión la tercera temporada de Los Tudor. Los Tudor es una serie histórica que se debería llamar “Enrique VIII” pero que se llama “Los Tudor”, y yo no soy nadie para cambiar el título de nada, ni siquiera el de este blog, fijaos:
“De repente quiero que mi blog se llame Las interesantísimas cosillas que nos cuenta el maravilloso y bien dotado José María Clemente”.
Ahora mirad la cabecera del blog. ¿Veis? Se sigue llamando “Elegí un mal día para dejar de fumar”. No tengo ningún poder.
El caso es que Los Tudor es una serie que emite CANAL+ y que me ha ido enganchando in crescendo temporada tras temporada. Teóricamente, ya la deberíamos haber visto también en una televisión que no fuera de pago, porque hace tiempo que TVE tiene comprados los derechos de emisión en abierto, pero chico, no sé qué les pasa que no acaban de decidirse a emitirla. Estarán esperando a no tener anuncios, o algo. (Si queréis saber más cosas sobre la serie, no os perdáis el magnífico site que se ha currado el maestro Enrique Muñoz de Luna, de plus.es).
Los protagonistas de la tercera temporada de Los Tudor.
Para el estreno de la tercera temporada, el canal en el que trabajo nos encargó a Cristina Teva y a mí el guión y la conducción de un programa especial al que llamamos “Los Tudor, rodarán cabezas”. El documentalillo en cuestión nos quedó chupilerendi, porque también contábamos con Quique Garrido, Antonio González, Ruth Mediodía, Jacinto Antón, Martin Scorsese, Fofito… (bueno, algunos de estos colaboradores me los he inventado). El caso es que para grabar el programa hicimos un viaje a Londres, otro a Dublín y un tercero a La Granja de San Ildefonso. Los dos primeros fueron productivos y surrealistas, ya os los conté en este blog. Y el de La Granja os parecerá mucho menos glamouroso, pero fue el único que acabó con los espectaculares judiones de Casa Zaca, así que mereció mucho más la pena que el de Londres, donde sólo saben comer sandwiches de pepino y té.
Os hablé de algunas cosas, pero no lo suficiente de Jonathan Rhys Meyers, el guapísimo Enrique VIII, el asesino de Match Point, el ganador de un Globo de Oro por la miniserie Elvis... Yo había oído muchas cosas sobre él: que no era un tipo fácil, que el rodaje de Los Tudor se llegó a paralizar por sus problemas con el alcohol (ojo, esto que acabo de decir es un rumor infundado, no una noticia, o sea “oí que alguien dijo eso”, pero no me consta que el rodaje se haya detenido nunca por eso), que no le gusta conceder entrevistas… Pero no había oído contar que es un fanático del método. Pero un fanático fanático. Y los fanáticos fanáticos son un coñazo. Por ejemplo: si te gusta Leticia Sabater, allá tú. Pero si eres un fanático fanático de Leticia Sabater, vistes como ella, sigues diciendo “a mediodía, alegría”, llevas una gorra del revés y te pones una camiseta que dice “Qué delicia, qué delicia, son las peras de Leticia”, pues entonces eres un coñazo.
En Dublín, Jonathan Rhys Meyers accedió a tener un encuentro con unos ocho periodistas internacionales. Como en los chistes, había un inglés, un francés, un alemán, un español… Bueno, 3 españoles, porque estábamos Cristina Teva, yo y Laura, una chica muy maja de la revista Pantalla.
Cristina Teva y yo en los almacenes de atrezzo de "Los Tudor". Como últimamente salgo en muchas fotos, he retocado mi careto. En caso de que Cristina se quejara o quejase, también cambiaría el suyo por el de Ana Torroja, por ejemplo.
Y entonces entra en la sala de prensa Jonathan Rhys Meyers, cojeando. Como está rodando la cuarta temporada, viene vestido de Enrique VIII y caracterizado un poco más de viejuno. Tiene los ojos rojos, no me preguntéis por qué. Mira la butaca que le han reservado. No le mola. La aparta de un empujón y coge una silla. Se sienta y lanza con desprecio su paquete sobre la mesa. El de tabaco, digo. No nos ha saludado, ni en general ni por supuesto individualmente. Sin mirarnos, adopta una postura con la que parece querer decir que espera la primera pregunta.
La hace la alemana, que era una sosa pizpireta. Y le dice en inglés: “Estás rodando la última temporada de Los Tudor. ¿Vas a echar de menos el personaje de Enrique VIII?”
Y Jonathan responde: “Sí”.
Ya está. No añade nada más.
La alemana sosa añade turbada y cada vez más turbada: “Estooooo, ¿podrías decir por qué?”
Y Jonnathan: “Porque llevo cuatro años haciéndolo”.
Ya está.
Pero lo que más nos llama la atención a los 6 estupendos periodistas internacionales, y también a Cristina y a mí, no es la bordería con la que ha contestado Johnny (una señora de prensa muy simpática y generosa en su pesito decía que Jonathan era adorable y le llamaba Johnny). Lo que nos deja perplejos es la ronquísima voz con la que ha respondido. Si anduviera por ahí la protagonista de True Blood que escucha los pensamientos, habría oído frases como “está borracho”, “pues va a ser verdad el rumor”, “vaya resaca trae éste”, “baila chiki-chiki, baila chiki-chiki” (la última mente sería la mía).
Creo que fue el periodista inglés, que a mi me resultaba un poquito pesadísimo, el que se atrevió a preguntarle: “¿Qué te pasa en la voz?”
“Mi voz es así, tío”,
responde Jonathan.
No recuerdo cuál fue la siguiente pregunta, pero también la hizo una mujer y también la respondió con una educación más deplorable que la de Belén Esteban. Entonces nos dimos cuenta: no estábamos hablando con Jonnny. Hablábamos con Enrique VIII. Por eso tenía la voz ronca, cojeaba, era déspota, maleducado y trataba peor a las mujeres. Lo de los ojos rojos ya no sé explicarlo.
Jonathan Rhys Meyers con Annabelle Wallis, uno de los pocos motivos por los que entiendo que no quiera salirse nunca del papel de Enrique VIII.
Una vez descubierta la genialidad, nos reveló que ése es su método de actuación. El puto método (del que ya hablamos en un post). Que digo yo que entonces cuando Johnny rodó la miniserie sobre Elvis se colgaría con una ventosa de los parabrisas de los coches y movería la pelvis con denuedo. Dicho esto, nos puso un momento su voz normal para que viéramos que la voz de Sabina le sale porque quiere, a ver qué nos íbamos a creer. Y cojeaba porque si no lo hace se le va el personaje de la cabeza. Como diría Laurence Olivier, “¿y por qué no lo interpretas?”. Y para rematar la simbiosis con el papel, nos contó que durante el rodaje vive en una tienda de campaña en los jardines próximos a los estudios de grabación (habría que ver la tienda de campaña, me la imagino más confortable que mi pisico del centro de Madrid).
No sé, lo del método puede tener su gracia, pero ahí había periodistas que habían venido desde otros países para hablar con el actor, no con Enrique VIII como si esto fuera una güija. Cuando acabó el encuentro, la señora de prensa que le llamaba Johnny, me comentó como enamorada (de él, no de mí): “¿no te parece mucho más interesante que Jhonny conceda la entrevista así?” “A mí sí, porque tengo un blog chorra y esto me da más juego. Pero no sé qué imagen transmitirán de Jonathan Rhys Meyers estos señores tan serios que trabajan en revistas internacionales de televisión”. La dejé un poco pensativa, a la pobre.
Durante esa estancia en Dublín, también conocimos, y Cristina entrevistó, a Annabelle Wallis (la reina Jane Seymour, guapísima y simpatiquísima), Joss Stone (la reina Ana de Cleves, guapísima y simpatiquísima), Henry Cavill (el Duque de Suffolk, guapísimo y simpatiquísimo), el creador de la serie Michael Hirst (encantador, ya le conocimos en Londres)… No, si el único raro, raro fue su majestad Johnny VIII.

Ah, casi se me olvida hablar de la otra cosa importante que pasaba hoy… y ya no me queda espacio para contarla, así que sencillamente ¡felicidades!

viernes, 4 de diciembre de 2009

Spanish Movie: diario de una sobredosis

Hoy se estrena Spanish movie. Spanish movie es la primera spoof movie o película de parodias del cine español, y a mi juicio es un producto perfectamente elaborado. Te arranca unas cuantas carcajadas, contables con los dedos de una mano normal (con cinco dedos), algunas risas y bastantes sonrisas, aunque reconozco que cuando la vi, tardé unos minutos en curvar hacia arriba por primera vez la comisura de mis delicados labios, en un sutil y sensual gesto de alegría. Spanish movie es lo que es. No es una comedia sutil, no pretende que evoquemos a Azcona o Wilder, sino que echemos unas risas durante hora y media. Y eso lo cumple, sabiendo a qué público se dirige. Por eso le auguro éxito en taquilla, que es a lo que se debe dedicar un producto, no creo que Javier Ruiz Caldera aspire al Goya a mejor director novel ni Paco Cabezas al de mejor guión (aunque el guión me parece de lo mejorcito de la película).
Pero a lo que íbamos en el título del post: durante la última semana he tenido una espectacular sobredosis de Spanish movie. Os cuento.
JUEVES PASADO
Veo la película en un pase exclusivo al que me invita solícita y pizpireta Elena Vázquez de Fox (exclusivo no para mí, sino para unas diez personas, pero todas super exclusivas de la muerte). Y lo dicho: salí convencido. No necesariamente de la película, sino de su objetivo cumplido, y cuando alguien cumple su objetivo, yo me siento bien, excepto cuando se trata de George Bush. Además, me reí con algunos chistes de Paco Cabezas que me recordaron a Aterriza como puedas, con la imitación velada que Alexandra Jiménez (qué atractiva es esta muchacha, por cierto) hace de Penélope Cruz, con la forma de hablar de Carlos Areces, aunque me sobraba su running gag entre las palabras “copón” y “carallo”, y con ciertos cameos como el glorioso de Belén Rueda, el ingenioso de Alejandro Amenábar y el autoparódico de Jaume Balagueró. Al salir de este pase, cené pollo. Esto último no aporta nada, pero ahí queda el dato.
Silvia Abril-Rueda-Kidman con Alexandra Jiménez-Cruz.
VIERNES PASADO
Quedo con Carlos Areces y Joaquín Reyes (de Muchachada Nui) en la azotea del Círculo de Bellas Artes de Madrid para hablar de su película. Me acompañan Marta Bedoya y Nacho Boluda para grabar la entrevista, porque si yo quedara con las personas en solitario sin que nadie grabara lo que pasa, yo olvidaría todo al momento, porque tengo la memoria de una almeja y no podría ni escribirlo en este blog. ¿En qué blog? En éste. Ah.
Joaquín Reyes sorprende por su seriedad y supongo que timidez, aunque con la cámara delante, se deshace en bromas, actuaciones y tontunas, y nos regaló una parodia al estilo “Celebritiiiis” de la presentadora de nuestro programa, Cristina Teva. Joaquín en la película hace de Fauno con acento de Albacete, y me confirma que para él es un chollo no tener que imitar voces y apoyarse en el maquillaje. Joaquín ha logrado una cosa muy difícil en el humor españñol, y es conseguir que la gente de la calle hable como él. Esto sólo lo recuerdo con las jergas de Chiquito y Martes y 13, y tiene mucho, pero mucho mérito. También me corrobora que su lema es “mínimo esfuerzo y máximo rendimiento”. Debo reconocer que en algunos gags de Muchachada Nui me parece que abusa de este lema, pero es innegable que Joaquín tiene una vis cómica innata.
Joaquín Reyes y mi encorvada chepa dialogando en uno de los lugares con las mejores vistas de Madrid.
Pero no tanto como Carlos Areces. Con Carlos te ríes aunque esté hablando en serio (el humor de Joaquín es más estudiado). Fue una delicia escuchar cómo se comportó el día que conoció a Leslie Nielsen, cómo se hizo fotos con él hasta que le dio vergüenza, y entonces comenzó a pasar por detrás de Leslie sonriendo mientras un compinche le hacía más fotos. También te hace reír contando cómo fue el rodaje (“un coñazo”, básicamente) y al final me explicó algunos cameos que no llegaron a producirse pero que estuvieron muy cerca, como el de Banderas y su alter ego Javier Bardem (Carlos parodia los papeles de Bardem en Mar adentro y No es país para viejos).
ANTEAYER, MIÉRCOLES
Por la noche me llama Tony Aguilar, para ver si quiero entrar en directo en su programa para entrevistar a Silvia Abril y Joaquín Reyes. La única vez que le he dicho que no a Tony Aguilar fue un día que me ofreció una cerveza sin alcohol, así que accedo. Y la verdad es que nos lo pasamos muy bien, sobre todo porque Silvia Abril (la de Homo Zapping, la bailarina que se caía en el Chiki-Chiki, la chica de Buenafuente) es una cachonda. Además es una gozada entrar por teléfono desde casa en un programa en directo a las 23:30, porque la gente se imagina una entrevista super coordinada cuando en realidad yo estoy sentado en un sofá en pijama y con unas zapatillas de casita de las que tienen une enorme cabeza de mapache en la puntera. Silvia Abril interpreta a una mezcla de Belén Rueda en El orfanato y Nicole Kidman en Los otros, está casada con Alatriste, tiene una niña que ve Faunos y un hijo que no puede ver la luz y que se pierde en la casa, y contrata a la Penélope Cruz de Volver para que cuide de su hermano tetrapléjico (el de Mar adentro). Le dije que en un solo cuerpo había aglutinado en su figura 10 años de cine español. Y se quedó tan contenta con el calificativo.
AYER JUEVES POR LA MAÑANA
Voy a los cines Kinépolis de Madrid a terminar mis entrevistas para televisión: hoy a las chicas y el director. La suerte me sonríe y me encuentro a mi querido Javier Ocaña, con el que me da tiempo a tomar un café. Él iba a ver la película y me pone los dientes largos con la posibilidad de leer su crítica de Spanish movie en El país. Pero al final es Carlos Boyero el que la destroza, sin dejarme entrever su opinión de la película como producto, no sólo como séptimo arte (Spanish movie no pretende ser eso).
Sorpresa: iba yo a entrevistar al director Javier Ruiz Caldera y me anuncian que Leslie Nielsen se ha apuntado a la promoción (no estaba confirmado) y que voy a poder hablar con los dos al tiempo. Creo que esto me convierte en el primer español que entrevista dos veces al mítico Leslie Nielsen (ver este anterior post). Leslie está educado y agradable, y dice que hizo la película porque una voz en el desierto le dijo: “hazla, va a ser tu última película”. Y que adora España. Y que nota que España le adora a él. Le noto más mayor que hace unos meses, quiero decir, mucho más mayor que hace unos meses, no unos meses más mayor que hace unos meses. Y qué más da, digo yo, ¡es Leslie Nielsen! No quiero olvidarme de Javier Ruiz, pero es que él mismo decía no creerse haber tenido en su película al Teniente Drevin, al médico de Aterriza como puedas y al protagonista de Planeta prohibido.
Leslie Nielsen con el director, Javier Ruiz Caldera
Después de subidón Leslie, entrevisto a Silvia Abril y a Alexandra Jiménez. La una sigue estando igual de graciosa que anoche y la otra igual de buena que en la película, pero tienen el pelo cambiado. No entre ellas, sino que Silvia está morena y Álex rubia, y en la película es justo al revés. Las dos están divertidamente compenetradas, y si a eso añadimos que cuando yo hago entrevistas me descojono en cuanto me sonríen, pues el encuentro se convirtió en un despiporre de hacerse pis encima.
JUEVES POR LA TARDE – NOCHE
Tengo la suerte de acompañar en su camino hacia el preestreno a Patri, la mujer del guionista de Spanish movie, Paco Cabezas (el guionista primigenio, el creador de la historia, la coautoría de Eneko Lizarraga se debe a los cambios y chistes que éste fue añadiendo durante el rodaje). Fue un placer ir escuchando las cosas que me iba contando Patri de la película y de la que Paco acaba de dirigir, Carne de neón. Patri tiene un punto de vista de las cosas que si Dios la escuchara, reescribiría con ella el guión de la vida en general. Pero yo no fui al preestreno, porque con este post he decidido terminar mi sobredosis de Spanish movie (que como ya os conté en este blog, empezó en marzo). Miento: ahora mismo estoy ultimando el guión de un programa especial para CANAL+ sobre la película, guión que están esperando como agua de diciembre mi realizador Quique Garrido y mi productora Cristina Iglesias. Así que dejad de entretenerme con vuestras absurdas triquiñuelas, que tengo que trabajar. Feliz puente.


martes, 1 de diciembre de 2009

Pixar es un poco Dios (“Up”)

Mañana sale a la venta en DVD Up, la última maravilla de Pixar. Supongo que a estas alturas, el 80% de los que leen este blog ya habrá visto Up. Y aún así, no me extrañaría que muchos de ellos la compraran, porque es una de esas películas para tener, no solamente para ver.
  • Hola, soy Rafa Nadal y la cifra de 80% es inexacta, yo calculo más bien un 72%.
  • Anda ya, vete por ahí. No eres Rafa Nadal. Rafa Nadal no lee este blog.
Los 15 primeros minutos de Up son espectaculares. Yo nunca había visto reflejar tan bien en el cine una historia de amor, pero de un amor sencillo, sin dramas ni pruebas de fuego, como el de todos nosotros, el de nuestros padres, el de nuestros abuelos, el de Falete y su ex-novio. Tampoco había visto plasmar tan bien la vulnerabilidad de la vejez, la tristeza, la soledad. No conozco a nadie que haya visto Up y que no haya llorado en sus primeros 15 minutos. Pero llorado como una perra, nada de snif snif, cojo el clínex y ya está. No. Yo digo llorar en plan ¡¡¡buaaaaaaaaaaa!!!
Y minutos después de este disgusto, Up nos regala otra secuencia que te pone todos los vellos de punta. Aunque no la hayáis visto, ya sabréis que hay una casa que vuela gracias a miles de globos. Bueno, pues la escena en la que la casa despega te provoca un escalofrío que te recorre desde el dedo meñique del pie hasta el último pelo de la cabeza, jugueteando en las cosillas guarricas como sucedía de pequeños cuando montábamos en un columpio.
La escena de "Up" que os digo. Uno siente como que flota con la casa.
  • Hola, soy Rafa Sánchez el de La Unión y a mí no se me pusieron todos los vellos de punta.
  • Porque estarás depilado. Y tú no eres Rafa Sánchez. Rafa Sánchez no lee este blog.
Todo esto que cuento, Pixar lo hace además arriesgando un huevo: en Up vuelven a estar unos 30 minutos sin utilizar palabras. Igual que en Wall-E. Igual que Buster Keaton. Igual que Charles Chaplin. Y la apuesta funciona: los niños aguantan Up y Wall-E aunque tengan escenas mudas. Como los hijos de algunos amigos (los que se atreven a ponérselos) aguantan a Charlot, al Gordo y el Flaco, a Harold Lloyd
Yo, en los últimos años, algunas de las mejores películas que he visto en el cine son de Pixar. Pero porque Pixar es un poco Dios. Pixar tiene ahora la sensibilidad y el humor que hace años sólo tenía Disney (pero el Disney de nosotros los viejunos, el del Bambi, La Dama y el Vagabundo y El libro de la selva, no el de los 90 y los 2000). Claro, por eso Pixar y Disney se unieron, porque eran la misma idea.
Bichos fue la primera que realmente me entusiasmó, así de infantil andaba yo hace diez años. Me pareció de lo más divertido que había visto en animación en mucho tiempo. Las dos pulgas bobas que hacen su número de circo en los momentos más inoportunos me parecían descacharrantes. Ya había visto Toy Story, y después vi Toy Story 2, y me parecieron muy buenas (y mejores cada vez que las vuelvo a ver en la tele). Pero Bichos… no sé, me conquistó en mucho menos tiempo. Debe ser porque en el fondo yo tengo alma de mosca del vinagre.
En cambio, Monstruos S.A. no. Me parece más pichís, pero aún así tiene su gracia. Una gracia que no le encontré años más tarde a Cars, para mí en único lunar clarísimo de Pixar. Me parece lenta, aburrida, no me interesan los coches, me parecieron un exceso sus dos horas, es una puta mierda. Huy, perdón, me he calentado. No, Cars no es una mierda. No pienso eso. Sólo que a mí no me gustó. Qué salida de tono, no sé qué me ha pasado, amigos, deben de ser las pastillas.
Y qué decir de Buscando a Nemo. Es una historia como la copa de un pino, porque eso es lo mejor de Pixar, que escriben buenas historias y luego las dibujan (bueno, es un decir). Y los demás parece que piensan los personajes, los diseñan y luego les van escribiendo las aventuras al tran-tran (“venga, tengo un ogro, un burro, una ogra… y ahora vamos a hacer que tengan gracia, y llevo así tres películas”).
Dori, con la que comparto la memoria instantánea, y el padre de Nemo.
Buscando a Nemo es deliciosa. Hace poco estuve en un Acuario (fuera, mirándolo, no dentro, nadando) y me quedé perplejo con los peces payaso y los peces cirujano, o sea, con los Nemos y las Doris, el pez sin memoria. Se movían igual, se comportaban igual que en la película. El cuidador (el del acuario, no el mío) me contó que los biólogos estaban sorprendidos del exhaustivo estudio que habían hecho en Pixar sobre el comportamiento de los “nemos”. Sí, en el Acuario ya llaman “nemos” a los peces payaso. Pues qué queréis que os diga, se agradece el esfuerzo. Yo me acuerdo de Pixie y Dixie y molaban, pero parecían cualquier cosa menos ratones.
Una foto que les hice en el Aquarium de Madrid a dos "nemos". La foto es mala, pero ¿a que ellos son iguales?
Los Increíbles me pareció un prodigio, pero me apabullaron un poco las escenas de acción, persecuciones, gritos… Eso sí, tiene un ritmo, una trama y una coña que para sí quisieran las películas de superhéroes de ahora, léase Hancock, X-Men, Iron man, Superman returns o Spiderman. Aunque debo reconocer que algunas de las que he citado no están mal.
  • Hola, soy Raphael y me pareces un flojo si una película de dibujos te apabulla, eres una nenaza.
  • ¡Venga ya! Raphael no lee este blog. Y si lo leyera, ¿cómo iba a atreverse a criticarme, con las caras tan raras que pone él cuando canta?
Ratatouille es un peliculón. Los niños tal vez se aburran un poco con esta rata merecedora de una estrella Michelín (¡una rata cocinando y no nos da asco, es más, querríamos probar su pisto!). Pero a mí qué me importan los niños. Los niños no leen este blog. Los niños pueden ver Ben 10 y bajarse vídeos antiguos de Fofito si quieren, que nos dejen a los mayores disfrutar de esta rata. Ratatouille me hizo reír, me emocionó y no me hizo llorar porque yo soy de lágrima difícil. Yo sólo lloro con El milagro de Anna Sullivan y con los 15 primeros minutos de Up.
Y así volvemos a llegar a Wall-E y Up. Wall-E mereció ser nominada al Oscar a la mejor película del pasado año (pero no a película de animación, que sí se lo llevó, igual que Ratatouille, Los increíbles y Buscando a Nemo, sino a película-película). Este año, como la Academia ha ampliado a 10 el número de nominaciones en esta categoría, Up sí que estará entre las candidatas, pero no ganará. Todavía no estamos preparados para decir que una película de dibus es la mejor del año. Pero si Miyazaki tiene un Oso de Oro, Pixar puede perfectamente optar a un tío en pelotas con una espada tapándole el cirulillo, de Oro también. Quién sabe. Al tiempo.
Los genios de Pixar en el pasado Festival de Venecia.

P.D. No os he hablado de los cortos de Pixar, una maravilla cada uno de ellos, porque me está quedando un poco larga la tontería ésta. Os los dejo a vosotros.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Cada vez quedan menos cines, hijos

Yo nací en Madrid completamente desnudo, y en Madrid crecí, aunque no demasiado. Recuerdo que de pequeñito me tuvieron que sacar del Cine Juan de Austria porque me daba miedo el Indio Joe, que le tiraba un cuchillo a Tom Sawyer cuando actuaba como testigo en un juicio. Vi sobrevolar a Mary Poppins el patio de butacas del Cine Novedades mientras los niños que cuidaba volaban de risa en la casa de un señor que les contaba chistes sobre un hombre con una pata de palo que se llamaba Smith. Y una semana santa vi en el Cine Avenida La historia más grande jamás contada, muchos años antes de descubrir que quienes mejor han sabido contar esa historia tan grande son los Monty Python.
Estos tres recuerdos, y muchos otros, ya no son lo mismo. Ya no existe un sitio en el que yo pueda entrar y rememorar esas películas. Porque esos cines ya no existen. Ahora, para acordarme del día en que descubrí a Luke Skywalker y Han Solo, tengo que entrar en un H&M. Para decirles a mis sobrinos: “mirad, aquí dentro nos conocimos  E.T. y yo”, tengo que invitarles a comer costillas en un Friday’s. Y directamente, no puedo visitar el lugar en el que La dama y el vagabundo me hicieron reír, llorar y yo creo que hasta ladrar, porque ese sitio lo demolieron hace tiempo. Ahora mismo, todos esos recuerdos, como cantaba Joan Manuel Serrat, “son los fantasmas del Roxy, que no descansan en paz”.
Los Roxy de Madrid siguen existiendo. Pero de las salas que había hace unos años (no tantos) en mi ciudad, no queda ni una cuarta parte. Y estoy seguro de que en vuestras ciudades pasa lo mismo. Especialmente si sois de Tarragona, donde el último cine urbano cerró hace unas semanas porque aparcar en medio de la ciudad salía demasiado caro, y hacerlo en el centro comercial de la periferia es gratis.
El Palacio de la Musica y el Cine Avenida, que estaban casi seguidos en la Gran Vía de Madrid en los mismos sitios donde ahora hay un H&M y unas obras muy feas.
Es éste un tema que me obsesiona especialmente. Primero, porque no me gustan los centros comerciales. Tengo unos multicines al lado de casa (pero al lado, al lado) y creo que sólo he ido una vez a ver una película allí. A lo mejor dos. Además, los centros comerciales periféricos, esos que tienen 25 salas y 50 restaurantes, me gustan aún menos. Tal vez porque no conduzco. O porque en esos centros comerciales nunca ponen películas en V.O.S., que es como yo suelo verlas. O porque mucha gente que va a esos cines, cuando acaba de hacer ruido con las palomitas y los papeles de los chocolates, comienza a hablar. En serio, lo mejor de ver películas en V.O.S. no es escuchar la verdadera voz de los actores, sino que la gente, como tiene que leer, pues no habla.
También me obsesiona el asunto por esto que os contaba de la nostalgia, y porque yo cada vez veo peor y agradezco las pantallas gigantes. Me encantan las grandes salas de la ciudad, y casi ya no quedan. Vivo muy cerquita de la Gran Vía de Madrid, una avenida preciosa que cuando me mudé sumaba 13 salas, y a la que ahora sólo le quedan 3. Otras 4 se han reconvertido en teatros. Bueno, algo es algo.
Tan obsesionado ando, que en los últimos años me he dedicado a fotografiar cines que intuía que iban a desaparecer. También he fotografiado a jovencitas con coletas y minifalda, pero éste es otro tema y además eran mayores de edad, o al menos eso me dijeron, las muy zorras. Todas las fotos de este post (excepto las dos de abajo del todo) las he hecho yo, y pertenecen a cines que ya están cerrados. Mi intuición no falló, pero no tiene ningún mérito.
Los Cines Luna, los que más cerca he llegado a tener nunca de una casa mia. Y el Cine Novedades, donde más películas me llevaron a ver mi madre y mi hermana Susana.
Y las dos fotos que veis abajo pertenecen a Paco Garrido, un tipo que debía andar con una obsesión parecida a la mía, y que hace un mes expuso 30 imágenes de cines desaparecidos de toda España en la sede de la Academia de Cine (sí, la que entrega los Goya, la que preside Álex de la Iglesia y antes presidía la Ministra de Cultura, sí, la que antes hacía guiones, entre ellos el de Mentiras y gordas, hay que joderse también hasta qué título me ha llevado esta sucesión de ideas encadenadas).
Y esta obsesión mía me llevó también un día a llamar al bueno de Javier Ocaña (ya sabéis, mi crítico de cine favorito y el de muchos los lectores de El País), para que viera la  exposición y hablara de este tema en el programa de televisión en el que trabajo, Cinexprés. Javier, como de costumbre, explicó este fenómeno mucho mejor que yo.
Los cines Casablanca y Victoria, en fotos de Paco Garrido. Lamentablemente, no sé en que ciudades estaban. ¿Vosotros?

Y ahora, queridos niños, hagamos una encuesta: ¿sigue existiendo el primer cine que recordáis? Y ya puestos, ¿qué película visteis?

martes, 24 de noviembre de 2009

Susan Boyle y “el síndrome de los juguetes rotos”

Antes que nada, permitidme mencionaros una noticia que he leído en la prensa viniendo hacia el trabajo: “la edición italiana de la revista Rolling Stone elige como rockero del año a Silvio Berlusconi, porque su modo de vida deja a Keith Richards o Rod Stewart como unos meros aficionados”: Genial.
Y ahora, al tema: según tengo entendido, hoy sale a la venta el primer disco de Susan Boyle: I dreamed a dream. Susan Boyle es esa cantante tan poco agraciada (o sea, fea) que se ganó la fama mundial gracias al concurso Britain’s got talent, a Youtube y a su primera aparición en el programa, en la que los miembros del jurado fingieron quedarse sorprendidísimos y simularon que no habían oído su voz angelical ni en los cástings ni nada. El primer disco de Susan Boyle ha batido el récord de reservas previas en los 14 años que lleva funcionando Amazon, batiendo la mejor marca mundial que ostentaba Norah Jones, según me ha soplado un señor de Calasparra que es una de mis más fiables fuentes.
Reconozco que la primera vez que vi su famoso vídeo me emocioné, y no lloré porque me daba vergüenza que en ese momento subiera el del gas y me viera de esa guisa. Lo he vuelto a  ver antes de escribir este post (el vídeo, no al del gas) y, pardiez, he vuelto a emocionarme un poco. Porque Susan Boyle despierta una mezcla de admiración y lástima, pero… ¿a que no despierta envidia? No porque sea feúcha, rechoncha y algo fofilla, sino a su éxito… ¿A que no apetece? O sea, ¿es feliz esta mujer?
Susan Boyle cantando como una loca que ella ha soñado un sueño.
La respuesta es: no, amigos. Alcanzó la fama, pero no ganó el concurso, igual que Bisbal. Pero al contrario que Bisbal, Susan asimiló mal la “derrota”, y fue ingresada en un centro psiquiátrico con síntomas de “agotamiento y cansancio emocional”. Salió pronto. Y entonces Obama, que para estas cosas tiene mucho tacto, la invitó a una cena de gala para que cantara en los postres. A Susan esto le produjo un “estado de shock y nervios” y pasó de ir. Claro, es como si a mí de repente me invita Zapatero a la Moncloa para escribir un blog en directo ante su familia. Me moriría de miedo. Por las hijas.
Veremos ahora cómo reacciona Susan Boyle a la hora de promocionar el disco. Esperemos que bien. Pero de momento, ha comenzado con el SÍNDROME DEL JUEGUETE ROTO. Algo que no es bueno. Os cito 9 ejemplos más que compondrían el “Entertainment Broken Toys Top Ten” (hay qué ver qué bien suenan ciertas cosas en inglés).
  • Drew Barrymore. La niña de E.T. es nieta de John Barrymore, uno de los mayores crápulas de la historia del primer Hollywood (ya os conté cosas de él en este blog). Drew lleva la sangre del abuelo en las venas, además de muchas otras sustancias, mayormente whisky y cocaína. Porque con 9 años ya era alcohólica y drogadicta, con 13 tocó fondo y con 15 estaba supuestamente “limpia”. A esa edad presentó una solicitud al tribunal juvenil para emanciparse de su madre. Coño, hizo bien. Y aunque de vez en cuando reconoce no haber cortado definitivamente con el alcohol y las drogas (que levante la mano el que sí lo haya hecho) (caramba, en serio que pensaba que ibais a levantarla más gente), hoy en día la carrera de Drew es más o menos sólida. El juguete se rompió pero luego la arreglaron.
Drew Barrymore. De la niña de ET a la niña de JB.
  • Freddie Bartholomew era uno de los niños prodigio del cine en la época de John Barrymore. El que no le haya visto en David Copperfield, El pequeño Lord o Capitanes intrépidos, y no esté ahora mismo bebiendo o drogándose, que levante la mano. Freddie era adoptado. A raíz de su éxito, sus padres naturales intentaron recuperar su custodia, la batalla legal se fundió su pequeña fortuna, y Freddie se retiró del cine. Qué putada.
  • Jackie Coogan. Por el nombre igual no le ubicáis, pero su cara y su póster son muy célebres. Es “El chico” de Charles Chaplin, y después fue Oliver Twist y Tom Sawyer. Aunque no alcanzó la fama de Bartholomew, se convirtió en el actor mejor pagado del momento. E igual que le sucedió a Freddie, cuando cumplió la mayoría de edad, sus padres ya se habían gastado sus ahorros. Volvió a cobrar cierta popularidad con la serie La familia Adams, pero nunca pudo recuperar los momentos de gloria de cuando era “el chico”.
·        Pero el niño prodigio convertido en juguete roto más así es Macaulay Culkin. Para empezar, porque cada uno pronuncia y escribe su nombre como le sale de los güevos. Para continuar, porque la fama mundial le llegó demasiado pronto y a lo bestia, gracias a Solo en casa y Solo en casa 2, esas películas un poco horrorosas en las que Macaulay berreaba agarrándose la jeta con las dos manos. A mí esa imagen siempre me ha recordado a “El grito” de Munch. A los 14 años, su carrera como actor se detuvo, otra vez por culpa de la lucha por la custodia entre sus padres. Con el tiempo, Macu fue detenido por posesión de drogas, se vio envuelto en los juicios por pederastia contra Michael Jackson, se casó y se divorció. Yo ahora no puedo pensar en Macaulay Culkin sin visualizar a Joaquín Reyes, de Muchachada Nui.
  • El último niño-prodigio-juguete-roto del cine Hollywoodiense es Haley Joel Osment, el chaval de El sexto sentido que veía muertos y a Bruce Willis muy tieso. La carrera de Haley tenía buena pinta, porque después hizo Cadena de favores y enseguida hizo con Spielberg Inteligencia artificial. Pero pronto le entró el síndrome Barrymore-Culkin, y en 2007 fue detenido por conducir borracho y por posesión de drogas.
  • Lamentablemente, el paradigma de muñeco roto lo representa River Phoenix, porque River se rompió de verdad. Fue niño y joven prodigio en Cuenta conmigo, La costa de los mosquitos o Indiana Jones y la última cruzada. Pero también se metió de lleno en el mundo de la droga, del que no supo salir. En 1993 se convirtió en mito al morir víctima de una bomba en forma de cóctel de drogas y alcohol. Hoy, su hermano Joaquin mantiene vivo en Hollywood el apellido Phoenix. Joaquin no es un juguete roto, pero todo parece indicar que se ha vuelto gilipollas.
¿Y en España? ¿Es que en España no hay juguetes rotos?
Sí, amigas.
  • Y el primero se forjó en los años 50. Se llamaba José Jiménez Fernández, pero todo el mundo le conocía como Joselito o El pequeño ruiseñor. Las generaciones más jóvenes le conocen también como “el enano de La isla de los famosos”. Joselito, que fue poco menos que un héroe nacional, perdió toda su gracia cuando le cambió la voz. Iba a decir “cuando creció”, pero eso nunca llegó a suceder. Entre otras cosas, trabajó como mercenario para grupos militares en África, se habló de su adicción a la heroína y en 1990 fue detenido por la policía de Angola por tráfico de drogas y armas. Y tocó fondo con lo de La isla de los famosos. Yo tengo discos de Joselito. Os lo juro.
  • También podríamos hablar de José Luis Fernández Expósito, alias “Pancho el de Verano azul”. Verano azul fue un bombazo tal, que casi ninguno de sus niños actores consiguió asimilar la fama y seguir adelante en la interpretación. Juanjo Artero sí, Juanjo hizo algo de cine, teatro y estuvo casi 10 años en El comisario. Pero Pancho no. Aunque formó dúo musical con Juanjo (“Pancho y Javi”, tócate los pies), tuvo muchos problemas con las drogas. Tal vez deberiamos cambiar este último “aunque” por un “porque”. La última vez que le vi fue en un acto conmemorativo en Nerja. No parecía muy recuperado, pero de eso hace ya unos cuantos años…
Pancho y Javi. Verse en una de éstas y después remontar tu vida no debe de ser fácil.
  • Y así, como colofón triste, había una chica muy guapa que se llamaba Sonia Martínez y que en los primeros años 80 presentaba programas infantiles y juveniles como 3, 2, 1… Contacto y Dabadabadá. Sonia estaba muy buena y era simpatiquísima. A los niños les gustaba, y a los que empezábamos a no ser tan niños, más todavía. Pero en 1986, Sonia apareció semidesnuda en Interviú y TVE la despidió. La heroína y el SIDA hicieron el resto. Y Sonia se murió en 1994.
Coño, qué triste he acabado este post.
Me voy a beber y a drogarme por ahí.