Quien bajo este epígrafe
espere encontrar recomendaciones mías sobre manga erótico, animación porno
japonesa conocida como “hentai”, dibujos de Heidi haciendo realidad el chiste
del abuelito, etc, es que no me conoce. Yo esas cosas nunca las comparto.
Pero el hecho de que
esté en los cines una delicia como “El ilusionista, de Jacques
Tati” (que no es de Jacques
Tati, sino de
Sylvain Chomet) (que no es una mujer sino un señor con bigote)
(creo), me ha hecho pensar en las muchas películas de dibujos que hay por el
mundo pensadas para los adultos. No
me refiero a “Shrek”, o “Up”, o “Kung-Fu Panda”, o “Ratatouille”, o “Wall-E”…
películas infantiles con las que los adultos, a poco listos que sean, también
pasarán un gran rato; sino a esas otras que si le pones a un niño, a los pocos
minutos girará su cabeza como si fuera la niña del exorcista y dirá “Me
abuuuurro”, como si fuera Homer
Simpson.
Podría pasar esto con “El ilusionista, de Jacques Tati”,
la maravillosa historia de un viejo mago, un guión no rodado del genial Tati que Chaumet ha trasladado a
su peculiar manera de sentir la animación. Los dibujos no son amables, la
acción es lenta, surrealista, con pocas palabras… Vaya, parece que estoy
describiendo a Paquirrín. La película estuvo nominada al Oscar el año pasado,
con la mala suerte de coincidir con “Toy
Story 3” y
“Enredados” (la segunda es muy grande y la primera es inmensa).
Pero es que Chaumet ya
había hecho en 2003 una excentricidad llamada Bienvenidos a Belleville, sobre un ciclista
prácticamente autista que es raptado por una especie de mafia que quiere
aprovechar la energía de sus pedaladas para hacer el mal. Su abuela, su perro,
y tres coristas octogenarias van a su rescate. Es tan surreal (y maravillosa)
como su argumento indica.
Fantasía (1940) de Walt Disney es quizá la primera gran película de dibujos en la que los niños
aparentemente podrían divertirse y luego van y se aburren los cabrones. Disney
decidió animar piezas de música clásica, sin más. Sólo “El Aprendiz de Brujo”, con Mickey Mouse,
parece entretenerles. Los niños mayores de 18 años deberían disfrutar igual con
La consagración de la primavera
y el ciclo de la vida, La
Pastoral de Beethoven y su mitología clásica, el abstracto Cascanueces de Tchaikowsky…
La verdad es que ahora que lo pienso, yo de niño la disfruté bastante, pero yo
con cinco años ya llevaba gafas, leía a Ibsen y pronunciaba correctísimamente
la palabra “flagrante”.
Si hablamos de Disney,
de adultos y de surrealismo, todo el mundo debería echar un vistazo a “Destino”, el corto que se
rodó en 1946 basado en dibujos de Salvador
Dalí. No hay argumento, sólo sensaciones, imágenes de una
bailarina, de un jugador de béisbol, la música… No sé dónde podéis encontrarlo,
pero si os pasáis por Figueras, por el Museo de Dalí, podéis quedaros mirándolo
durante horas.
También “El muro” de Pink Floyd (Alan Parker,
1982) tiene sus momentos de animación, poco aptos para nenes.
Drogas, música y traumas unidos para derribar un muro que no está formado
precisamente por ladrillos, sino por la educación, el mero control, y los
profesores que dejan a los chicos solos.
Akira (Katsuhiro Ôtomo, 1988) es una de esas películas de manga (anime) futuristas, con toques
de violencia física y mucha psíquica que yo no les pondría a mis sobrinos
porque se volverían unos autómatas chalados. Claro, que mis sobrinos se
volverían unos autómatas chalados viendo un capítulo light de los Teletubbies. Pero el Tokyo de
2019 (que ahora está aquí al lado, pero en 1988 estaba a 30 años vista) post
III Tercera Guerra Mundial no es el lugar donde querría yo pasar una infancia
feliz.
Si hablamos de japoneses
y de animación, habría que hablar de
Hayao Miyazaki. Casi todas sus películas son disfrutables por
niños y adultos, pero me temo que
Porco Rosso (1992) aburriría a la muchachada. Eso de que un
gorrino, marrano o suido pilote un avión en el periodo de entreguerras no sé yo
si interesa mucho a los lechones. Habría que intentarlo, no obstante…
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Porco Rosso. Yo tenía un profesor en EGB que se parecía un huevo. |
Y la que ningún niño
debería ver jamás es “South
Park: Más grande, más largo y sin cortes” (1999). Esta joya del
humor irreverente dejaría en sus primeros minutos a un niño cantando aquello de
“eres un cabrón hijoputa”. Pero un adulto se partirá la polla (qué pasa, si
hablamos mal, hablamos mal) con la relación homosexual entre Saddam y Satán (es
que era 1999), ante la humillación a los hermanos Baldwin o ante la poca
delicadeza para contar lo que los estadounidenses piensan de los canadienses.
Acabamos con dos joyas: “Persépolis” (2007), de Mariane Satrapi y
Vincent Paronnaud, la adaptación en dibujos en blanco y negro
de la novela gráfica de Satrapi sobre su infancia en la represiva Irán; y “Vals con Bashir”, una gozada
absoluta, uno de los mejores documentales nunca filmados, en el que Ari Folman revive la
matanza de refugiados palestinos en el Líbano de 1982. Las entrevistas son
reales, pero el look es de animación en falsh. Una delicia obligada.
Me dejo muchas, lo sé.
Sé que muchos niños lloran de miedo con la maravillosa “Pesadilla antes de Navidad”,
el proyecto de Tim Burton
dirigido por Henry Selick, o con “Los mundos de Coraline”,
de este segundo. O que se aburren con las primeras horas de “Up” (Dios, qué llorera
tan tonta) o “Wall-E”.
Y que no entienden “El
castillo ambulante”. Lo sé.
Y qué más da que lo
sepa. La vida es un absurdo carrusel de dudas y turbulentos dislates.
Perdón, no sé qué me ha
pasado en la última frase.