El otro día fui a ver Chicago,
el musical, porque el teatro en el que se representa en Madrid está muy
cerca de mi casa y habían puesto el cartel de “últimas semanas” y entonces me
entró el agobio y saqué entradas. Y eso que lleva en cartel desde noviembre de 2009, a mí es que eso de
“últimas semanas” me pone supernervioso. A mí me pone uno de estos artistas
callejeros que se disfrazan de estatua un cartel de “últimas semanas” y yo creo
que le doy 100 euros.
El caso es que quería ver Chicago. Porque adoro a Bob Fosse, porque la
película de Rob Marshall
me entusiasmó, porque me aprendí la banda sonora, porque en 1999 no pude ver
una versión de Angels
Gonyalons,
Mar Regueras y Recard
Reguant (me dijeron que no me perdí gran cosa), y porque domino
a la perfección todas las coreografías de Velma
Kelly excepto la del número de las presas y las sillas porque son
demasiadas y no doy abasto para bailar como las cinco a la vez.
No sé si habéis visto Chicago, la película. Cómo lo
voy a saber. Si no, bajáosla de videoclub, con ella no vale eso de “a mí es que
no me gustan los musicales”. Chicago
no es de “esos” musicales (que personalmente también me gustan), así como
tampoco lo era Moulin Rouge! En
Chicago, la
película, los números musicales se combinan con la vida real de una manera
inteligente y prodigiosa, con unas transformaciones y transiciones sutiles y
justificadísimas. O sea, que los personajes no se ponen a cantar y a bailar de
pronto. No sucede eso de: “¿Sabéis
una cosa? Os lo diré cantando. Charan-charan-charan: Con un pooooco de azuuúcar
esa píldora, sabrá…” Da gusto cómo entran los números musicales de Chicago. Y cómo, en cada
número, la trama avanza.
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El "Chicago" de Rob Marshall. |
No creo que Richard Gere y Renée Zellweger hagan
mejores papeles que en Chicago.
Dudo que Catherine Zeta
Jones gane muchos más Oscars. Y eso seguro, ningún otro título
ostentará el honor de recibir el Oscar a la mejor película de manos de Kirk y Michael Douglas
escuchando las dos míticas frases que separan dos épocas: “And the Oscar goes to…” y “And the winner is…”
Otro de los motivos por los
que quería ver Chicago
el musical es que el reparto es muy parecido al que representó Cabaret hará cinco años,
aunque faltaban Asier
Etxeandía o
Armando Pita, los dos pedazos de actores que se repartieron el
papel de Maestro de ceremonias.
Y esa versión, con Natalia
Millán y Manuel
Bandera, me convenció totalmente. Sí: soy un fácil. En Chicago también salen Manuel Bandera y Natalia Millán. Pero de
repente el día que voy yo el papel de Natalia
Millán lo hace Vanesa
Bravo. Vaya. Se conoce que ese día Natalia descansaba o que
había quedado. Vanesa Bravo
hace de Velma
Kelly (Catherine
Zeta Jones para los que conozcáis la película) y Marcela Paoli de Roxy Hart (Renée Zellweger). Manuel Bandera hace de Richard Gere, claro, no
va a hacer de Catherine
o de Renée.
Marcela Paoli es
argentina, pero en la obra no pone acento argentino, pero a veces sí que se le
escapa, y entonces queda muy raro. Tiene vis cómica, pero esa vis cómica a
veces se le dispara a los registros de Lina
Morgan, que no digo que sea malo, no, no lo digo pero lo
pienso. El papel de Mama Morton,
que en la obra de Bob Fosse
y en la película lo debería hacer una negraza de Chicago, aquí lo interpreta Linda Mirabal, y no lo
hace mal, pero con ella cambiamos el aire de Chicago por un tono caribeño, más
cercano según mi chica a Carmen
Miranda. Los números musicales están conseguidos, cierto es
ello, y el hecho de ver a la orquesta como elemento principal del decorado
(como en el montaje de Cabaret),
me gusta. La traducción de las canciones al castellano, delicado asunto, está
bien resuelta. Y los bailarines, aunque ellos parecen sacados de un programa de
José Luis Moreno
y ellas de un anuncio de productos adelgazantes con un “antes” y un “después”,
cumplen de sobra su papel. Si tuviera que hacer una valoración más profesional
y técnica de la labor de los bailarines, se resumiría en la frase: “Caramba, qué buena está la que hace de
húngara”.
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El trío protagonista de "Chicago" el musical. |
Pero… ay. Además, a Chicago le falta algo. Con Chicago no me basta con que
se cumpla con la hoja de servicios. Porque el musical original es muy
grande, y yo salgo de su versión española con la sensación de que me ha
faltado algo para salir encantado, no simplemente satisfecho. Ese algo es un
punto de clase, de buen gusto, de excelencia. Lo tenía Cabaret, lo tenían por
supuesto El fantasma de la
ópera o Los
miserables, pero no lo tiene, por ejemplo, Spamalot. Ese punto es el que
distingue a las obras que recomiendas encarecidamente de las que simplemente
dices… “bueno, si consigues
entradas baratas puedes ir…” (pero ojo con la promoción de
Movistar, te puedes meter en uno de estos eternos pleitos por los mini-timos de
las telefónicas, con esas ofertas que de repente no funcionan y nadie se hace
responsable).
Ah: y un aviso para las
señoras de mediana edad que van a musicales y al teatro en general y aprovechan
para dialogar mientras se desarrolla la acción: eso no se hace, hombre. Y otra
cosa: cuando antes de empezar las obras una voz dice: “les recordamos que desconecten sus
teléfonos móviles”, se refieren a que desconectemos los teléfonos
móviles, o sea, que no es una frase con doble sentido o un mensaje en clave o
algo así. Yo lo digo por si alguien que no sabe esto lee mi blog, y así lo
convertimos en algo verdaderamente útil, demontre.
Por cierto, Chicago se ha estado
representando en el Teatro
Coliseum, el antiguo Cine
Coliseum, ubicado con soltura en la Gran Vía de Madrid. En la Gran
Vía de Madrid hace unos años había 13 cines y ahora hay sólo 4, como ya os conté en este blog
con una tristeza y una melancolía de las que van quedando pocas en este país
rencoroso donde nos miramos mal por la calle y sospechamos de la sexualidad de
nuestros congéneres. Huy, releo esta última frase y veo que no viene a cuento.
Disculpadme. Por lo menos, algunos de esos cines que han desaparecido se han
reconvertido en teatros, y en tres de ellos se suelen representar musicales.
Algo es algo.
Hace unos días vi un corto de Juana Macías, y una de
las historias que lo componen tiene lugar en la puerta del Teatro Coliseum,
bajo el cartel de Chicago.
Es que este año la Gran Vía de Madrid cumple 100 años, y la pasada semana, uno
de sus cines (el Callao) exhibió cuatro cortometrajes firmados por cuatro
directores: el citado Gran Vía
a.m. p.m., de
Juana Macías; Nuestro
primer amanecer, de Chus
Gutiérrez; A
400 pasos, de de Max
Lemcke (el mejor) y Un
siglo de vida, de Sergio
Candel. Todos tienen como telón de fondo a la Gran Vía. Alguno
de ellos es excelente y alguno me da un poco de vergüenza ajena y otro poco de
propia. Y en uno Macarena
Gómez hace un cameo como herself pero en borde, y yo soy fan de
Macarena Gómez
y le debo un favor bastante obeso, así que le mando desde aquí un fuerte ósculo
para no repetir tan cerca las palabras “obeso” y “beso”.
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Un fotograma del cortometraje "Gran Vía a.m. p.m.", de Juana Macías, en el que aparece Chicago. Yo no estoy en la puerta porque no me paso ahí todo el día, qué os creéis.. |
Como siempre sucede con los
cortos, no sé cómo podéis hacer ahora mismo para verlos, pero cuando me entere
se lo cuento a Lydia Lozano
y seguro que ella os lo cuenta a vosotros.