Yo nací en Madrid
completamente desnudo, y en Madrid crecí, aunque no demasiado. Recuerdo que de
pequeñito me tuvieron que sacar del Cine
Juan de Austria porque me daba miedo el Indio Joe, que le tiraba un
cuchillo a Tom Sawyer
cuando actuaba como testigo en un juicio. Vi sobrevolar a Mary Poppins el patio de
butacas del Cine Novedades
mientras los niños que cuidaba volaban de risa en la casa de un señor que les
contaba chistes sobre un hombre con una pata de palo que se llamaba Smith.
Y una semana santa vi en el Cine
Avenida La
historia más grande jamás contada, muchos años antes de descubrir
que quienes mejor han sabido contar esa historia tan grande son los Monty Python.
Estos tres recuerdos, y muchos
otros, ya no son lo mismo. Ya no existe un sitio en el que yo pueda entrar y
rememorar esas películas. Porque esos cines ya no existen. Ahora, para
acordarme del día en que descubrí a Luke
Skywalker y Han
Solo, tengo que entrar en un H&M. Para decirles a mis sobrinos:
“mirad, aquí dentro nos
conocimos E.T. y yo”, tengo que invitarles a comer costillas
en un Friday’s. Y directamente, no puedo visitar el lugar en el que La dama y el vagabundo me
hicieron reír, llorar y yo creo que hasta ladrar, porque ese sitio lo
demolieron hace tiempo. Ahora mismo, todos esos recuerdos, como cantaba Joan Manuel Serrat, “son los fantasmas del Roxy, que no
descansan en paz”.
Los Roxy de Madrid siguen
existiendo. Pero de las salas que había hace unos años (no tantos) en mi
ciudad, no queda ni una cuarta parte. Y estoy seguro de que en vuestras
ciudades pasa lo mismo. Especialmente si sois de Tarragona, donde el último
cine urbano cerró hace unas semanas porque aparcar en medio de la ciudad salía
demasiado caro, y hacerlo en el centro comercial de la periferia es gratis.
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El Palacio de la Musica y el Cine Avenida, que estaban casi seguidos en la Gran Vía de Madrid en los mismos sitios donde ahora hay un H&M y unas obras muy feas. |
Es éste un tema que me
obsesiona especialmente. Primero, porque no me gustan los centros comerciales.
Tengo unos multicines al lado de casa (pero al lado, al lado) y creo que sólo
he ido una vez a ver una película allí. A lo mejor dos. Además, los centros
comerciales periféricos, esos que tienen 25 salas y 50 restaurantes, me gustan
aún menos. Tal vez porque no conduzco. O porque en esos centros comerciales
nunca ponen películas en V.O.S., que es como yo suelo verlas. O porque mucha
gente que va a esos cines, cuando acaba de hacer ruido con las palomitas y los
papeles de los chocolates, comienza a hablar. En serio, lo mejor de ver
películas en V.O.S. no es escuchar la verdadera voz de los actores, sino que la
gente, como tiene que leer, pues no habla.
También me obsesiona el asunto
por esto que os contaba de la nostalgia, y porque yo cada vez veo peor y agradezco
las pantallas gigantes. Me encantan las grandes salas de la ciudad, y casi ya
no quedan. Vivo muy cerquita de la Gran Vía de Madrid, una avenida preciosa que
cuando me mudé sumaba 13 salas, y a la que ahora sólo le quedan 3. Otras 4 se
han reconvertido en teatros. Bueno, algo es algo.
Tan obsesionado ando, que en
los últimos años me he dedicado a fotografiar cines que intuía que iban a
desaparecer. También he fotografiado a jovencitas con coletas y minifalda, pero
éste es otro tema y además eran mayores de edad, o al menos eso me dijeron, las
muy zorras. Todas las fotos de este post (excepto las dos de abajo del todo)
las he hecho yo, y pertenecen a cines que ya están cerrados. Mi intuición no
falló, pero no tiene ningún mérito.
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Los Cines Luna, los que más cerca he llegado a tener nunca de una casa mia. Y el Cine Novedades, donde más películas me llevaron a ver mi madre y mi hermana Susana. |
Y las dos fotos que veis abajo
pertenecen a Paco Garrido,
un tipo que debía andar con una obsesión parecida a la mía, y que hace un mes
expuso 30 imágenes de cines desaparecidos de toda España en la sede de la
Academia de Cine (sí, la que entrega los Goya, la que preside Álex de la Iglesia y
antes presidía la Ministra de Cultura, sí, la que antes hacía guiones, entre
ellos el de Mentiras y gordas,
hay que joderse también hasta qué título me ha llevado esta sucesión de ideas
encadenadas).
Y esta obsesión mía me llevó
también un día a llamar al bueno de Javier
Ocaña (ya sabéis, mi crítico de cine favorito y el de muchos
los lectores de El País),
para que viera la exposición y hablara de este tema en el programa de
televisión en el que trabajo, Cinexprés.
Javier, como de costumbre, explicó este fenómeno mucho mejor que yo.
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Los cines Casablanca y Victoria, en fotos de Paco Garrido. Lamentablemente, no sé en que ciudades estaban. ¿Vosotros? |
Y ahora, queridos niños,
hagamos una encuesta: ¿sigue existiendo el primer cine que recordáis? Y ya
puestos, ¿qué película visteis?